viernes, 23 de noviembre de 2007

Cultura, Ciudad y Ciudadanía

Maniobra Magazine Año 1 / Volumen 2
Agosto 2007

I.
La ciudad constituye una construcción artificial vuelta hábitat “natural” donde se desarrolla la insociable sociabilidad del ser humano. Es un espacio dual donde convive la plenitud y el fracaso, el odio y el amor, el desasosiego y la esperanza, la solidaridad y la indiferencia. La ciudad también es aquello que dejamos de ver y que sin embargo forma parte íntegra de lo que somos. Una ciudad posee su propio temperamento, su propia sustancia nerviosa y su carácter alimentado por nuestras personalidades individuales que a su vez son moldeadas por el propio ritmo citadino y sus imaginarios. En suma, una ciudad es un ente vivo que se alimenta de nuestros sueños, esperanzas, costumbres, alegrías, distracciones, ideales, inconformidades, reclamos e impotencias que se reflejan en lo visible e invisible, en la ciudad física y la imaginada. Recorrer la ciudad, nuestra ciudad, implica no solamente atravesar sus espacios, sus calles, esquivar los carros o resguardarse tras la sombra de un edificio. Implica absorber todos sus temperamentos y volverse uno con ella, como ella lo es con cada uno de nosotros.

¿Cuántos de nosotros verdaderamente nos ponemos a saborear e identificar sus olores, los sonidos de la ciudad, las conversaciones de transeúntes que nos dejan historias e imágenes, la peculiaridad de sus bullicios, los lienzos urbanos creados por la intersección de sus calles y edificios, sus espacios abandonados a la imaginación, sus ficciones y fantasías pintadas en una pared? Después de todo, recorremos la ciudad no solamente a través del espacio físico, sino a través de sus relatos e imágenes, los temas que escuchamos en la radio o leemos en el periódico, o vemos en la televisión, o bien a través de las conversaciones que nos habitan y deshabitan, las canciones y poemas que pueblan su historia y sus personajes.

Pensar el espacio que habitamos a diario y que nos habita con sus imaginarios sin duda alguna vuelve la ciudad más densa de lo que usualmente la vemos, cargándose de fantasías heterogéneas y ficciones que se multiplican entre lo individual y colectivo. Algo tan cotidiano como un graffiti en una pared ya suscita una historia, un deseo y esperanza, un elemento comunicativo que va formando ese temperamento y carácter citadino. De ahí que una ciudad no esta hecha solamente para habitarla, sino también para atravesarla y apropiarse de sus espacios, de convivir con los “otros” e imaginar sus escenarios: cómo viven, qué disfrutan, qué rutina tienen y qué les hace sonreír o entristecer, por ejemplo.

Recorrer la ciudad siempre es un viaje en donde cada uno crea su propia idea, su propia historia que cambia cada vez que nos adentramos y observamos con mayor detenimiento esas fachadas, esas calles y su alumbrado, éste y aquél vendedor, el jubilado esperando el tiempo y el ejecutivo calculando intereses por minuto perdido en su travesía a la próxima cita.

II.
Pero también existe otra ciudad, otro imaginario que influye de manera considerable como experimentamos este espacio urbano: los medios de comunicación. El concepto de la polis (ciudad) conlleva un espacio público propio para la discusión e intercambio de ideas que conduzcan a un mejoramiento continuo de los niveles de vida de los ciudadanos. El ágora, término usado en la concepción de la polis en la antigua Grecia, constituía el espacio de intercambios no solamente comerciales sino el entrecruzamiento de caminos e ideas de los que transitaban esos espacios. Hoy día, el crecimiento urbano descontrolado, la inseguridad, la desigualdad de desarrollo que afecta el desarrollo democrático de los espacios han ocasionado la clausura simbólica de los espacios públicos y la apertura de otros.

De cierta manera hemos perdido la posibilidad de experimentar la ciudad en su conjunto relegándola a una interacción distante y si se quiere despersonalizada. Hoy la ciudad nos llega a nuestros domicilios, vía radio, televisión, periódicos, Internet y telefonía, creando una reorganización de los usos de la ciudad, la reestructuración de la esfera pública, así como nuestros hábitos dentro de ella. Ya no somos los flâneurs de la multitud que describió Edgar Allan Poe, que inspiró a Baudelaire y posteriormente a Walter Benjamín, donde el personaje es un “paseante”, un vagabundo de la vida moderna que se dedica a recorrer las calles de la ciudad y detenerse a ejercer el acto del voyeur. Para Charles Baudelaire, era necesario adoptar nuevas formas nuevas de percepción, de imaginación, y de prácticas estéticas a partir de esa intimación con la ciudad. Hoy la ciudad entra a nuestros hogares, a nuestro espacio privado, derribando los límites del sentido de territorio. Solo basta levantar la mirada para ver, no el cielo, sino la selva de cables y antenas reproductoras que nos configuran un simulacro de la ciudad en conjunto, con información depurada y con una visión encuadrada no en los límites de nuestra imaginación y experiencia, sino en los límites propios establecidos por los medios de comunicación y sus redes tecnológicas.

Experimentar físicamente la ciudad equivale a un acto de esquivamiento y evasión en la medida que vamos del hogar al trabajo, seguimos rutas establecidas, raramente nos detenemos a consumir lo que la ciudad nos ofrece, más bien sucede lo contrario, somos consumidos por la propia ciudad y sus ritmos vertiginosos. Transitamos evadiendo zonas donde hay inseguridad, nos cambiamos de una acera a la otra para evadir ciertas personas, y corremos a recluirnos en nuestro lugar de trabajo o casa para vivir a la distancia la ciudad que habitamos. Las formas determinantes de la vida social junto con las transformaciones económicas y los avances tecnológicos han creado una nueva forma de organización social, una en la cual los fenómenos mediáticos constituyen una de la principales manifestaciones de, por usar el término de Javier Echeverría, la Telépolis: la ciudad experimentada a la distancia.

Sin duda alguna, los medios de comunicación han reestructurado la esfera pública, el ágora. Ya no vemos discusiones en los parques o plazas, es más seguro participar dentro de mis cuatro paredes, conectado. Huelga acotar que el término privatus para los antiguos Griegos, tenía un significado negativo, -contrario al actual- en la medida que privado, en sentido restrictivo, significaba privado de lo esencial, de la vida en comunidad. No vivir en comunidad para aquella sociedad era un mal que debía de rectificarse. Hoy el ágora por excelencia constituye el espacio televisivo, transitamos por una escenificación televisual de la vida pública. Dentro de nuestra cuatro paredes tenemos acceso al mercado, la iglesia, el gobierno, el estadio, el cine, la plaza, la calle, en fin, lo distante se vuelve “íntimo” sin necesidad de salir.

Así, pues, ciertamente podemos hablar de que hemos transitado a nuevas formas de realizar intercambios expresivos gracias a las tecnologías, pero cabría preguntarse que tan “reales” son dichos intercambios. Es decir, siguiendo a Martin Buber en “Yo y Tú” , que tanto me puedo reconocer o identificar Yo en Ti y viceversa cuando el entorno (el Ello), la ciudad donde se desarrollan dichos intercambios no forma parte de nosotros, al menos no de una manera intimista, sino lejana y producto de un a suerte de simulacro de la ciudad creado por los medios de comunicación. Y digo simulacro en el sentido de que la información-la telépolis- que nos llega a través de los medios de comunicación presentan un discurso homogéneo, por más que los espacios televisivos y de radio aboguen por una libertad de expresión literal de sus participantes. La moneda de cambio por permitir a un escucha participar es el reconocimiento de la credibilidad del programa. De ahí que se hable de ”el pueblo”, “el público”, “el ciudadano común”, “los habitantes”, “el amigo auditorio”, en fin, reducir la complejidad de las comunicaciones y situar las diversas opiniones bajo un marco aceptable para las mayorías, como afirma Canclini.
¿Qué logramos aprehender y saber de la ciudad “real” a través de los medios? ¿Qué compromiso de cambio duradero y participación activa real generan los medios en las audiencias? ¿Qué voluntad de transformación crítica y memoria histórica crean que perdure más allá del espacio de 30 minutos ofrecido o hasta que vengan los comerciales y el zapping se apodere de nuestros estímulos?

Los procesos de repliegue a cuatro paredes, la segregación espacial de la ciudad, las estrategias de protección adoptadas son también formas de invisibilización de la ciudad y sus ciudadanos. El ejemplo más contundente son los mal llamados “mols”, los centros comerciales que han sustituido los parques y plazas, y que generan una discriminación de acceso a unas poblaciones, mientras dan un sentido de seguridad de despliegue a otras. Estos enclaves fortificados, así como las colonias privadas (de la vida en comunidad) tienden a polarizar y dividir la ciudad, irguiendo muros simbólicos que refuerzan las barreras físicas. Ya Charles Baudelaire en el poema La pérdida de la aureola(1865) y el Fango de Macadam tiene como escena el bulevar donde las fuerzas anárquicas del crecimiento urbano creaban un espacio arriesgado y aterrador para el transeúnte, para las multitudes: “Cruzaba el bulevar corriendo, en medio de un caos en movimiento, con la muerte galopando hacia mí por todos los lados”. El hombre moderno era lanzado y abandonado a la vorágine de las calles, pero éstas ya no le pertenecían, tenía que esquivar el tráfico de los comercios, el conglomerado de masas y energías transitando rápida y letalmente. Al ciudadano ya no le pertenecía la ciudad y sus calles, le pertenecía al comercio, a la explotación capitalista. La misma relación puede trazarse con los medios de comunicación sujetos al rating y ventas de mercancías de información. Le Corbusier, el mayor arquitecto del siglo XX afirmaba en L´urbanisme (1924) : “Era como si el mundo hubiera enloquecido súbitamente […]crecía la furia del tráfico […] Pienso en mi juventud como estudiante, antes de la guerra, entonces la calle nos pertenecía; cantábamos en ella, discutíamos en ella, mientras el autobús tirado por caballos pasaba suavemente junto a nosotros” (el subrayado es mío).

La concepción moderna de la ciudad era que los seres humanos estábamos organizados en base a la distinción entre casa, calle y lugar de trabajo, donde había una vida doméstica, una actividad laboral y una vida social respectivamente. Las calles entonces eran un lugar de encuentro, donde se formaba la opinión pública, donde se desarrollaban las revoluciones, tenían, siguiendo a Lefebre, una función informativa, simbólica y de esparcimiento. Hoy, las tres funciones sociales que le asignaba el sociólogo Lefebre a las calles son cumplidas por los medios de comunicación.

Entonces la calles nos pertenecían, hoy las esquivamos en la medida de los posible y apresurados las caminamos protegidos en nuestra burbujas, nos detenemos por el tráfico y no por voluntad propia. La carencia de espacios para el peatón agrava sin duda la seguridad de las calles, nos hace vulnerables y nos empuja a aislarnos de ella, porque sencillamente ya no somos parte de la ecuación de su vorágine. La relación es sencilla, entre menos espacios existen para el tránsito del peatón, más peligrosos se vuelven para ser transitadas. El mito de la calle de la modernidad ha clausurado con el cierre de las calles. Participamos en la invisibilidad de la ciudad, nos cerramos a los intercambios simbólicos que nos ofrece y se busca cada vez más la privatización del espacio público. “El imaginario se vuelve hacia el interior, rechaza la calle, fija cada vez más normas de inclusión y exclusión […] El espacio público de las calles queda como espacio abandonado, síntoma de la desurbanización y el olvido de los ideales modernos de apertura, igualdad y comunidad; en vez de universalidad de derechos, la separación entre sectores diferentes, inconciliables, que quieren dejar de ser visibles y de ver a los otros” afirma Canclini.

En la ciudad invisible, la ciudad fortificada sucede un fenómeno interesante. Ahí donde la ciudad establece sus límites, comienza la cultura y el desarrollo de las artes. Ahí donde se cierran las plazas, las bibliotecas, la posibilidad de reunirse en los espacios públicos; ahí donde las calles se vuelven más desoladas y peligrosas, donde la memoria histórica se clausura para dar paso al entretenimiento y distracción se gesta un imaginario que recupera esos espacios por medio del desarrollo de la cultura y las artes. Y digo imaginario en el sentido de un conjunto de representaciones y referentes a partir de los cuales una sociedad alcanza a percibirse, a pensarse, a sentirse, incluso a soñarse.

Recientemente tuve la oportunidad de ver la obra del artista plástico Léster Rodríguez “Imágenes Inconclusas” (Sala MAC, Mujeres en las Artes), en la cual representa aquellos espacios fortificados no solamente físicos, sino también de la memoria histórica. El artista presenta escenarios de centros comerciales, edificios abandonados o franquicias donde, a manera de delgadas imágenes casi fantasmagóricas aparecen los rostros de personas desaparecidas durante la represión de los años ochenta. En estos espacios fortificados de la ciudad, en estos límites donde la banalización es el producto de consumo por excelencia, aparece la memoria asesinada de una lucha que nos ha dado la misma libertad que hoy, los ciudadanos, disfrutamos e ignoramos como reyes y reinas de nuestro confortable aislamiento.

Los límites de la ciudad también es reflejada en la obra de Federico Rosa, “El Señor de las Moscas” (Museo del Hombre Hondureño) con una iconografía de una ciudad deshabitada e inhóspita donde solo sobreviven personajes oscuros que se han adueñado de los espacios. Una ciudad que si bien un tiempo tuvo sus utopías, sus personajes habitan su completa entropía parcialmente cubierta por la superficialidad que le brinda los colores rosados y verdes, como si se tratase de intentos de adornar o maquillar la pesadilla de la ciudad sitiada por una violencia glamourizada. En la obra de Rosa, el ciudadano no figura en el escenario citadino, únicamente vemos personajes territoriales armados con la indiferencia ante la vida.

III.
¿Habitamos, acaso, ciudades Pedro Páramo? ¿Dónde están entonces los y las ciudadanos? Yo se que detrás de mis cuatro paredes, más allá de la pantalla de mi computador, hay personas que están habitando y usando dichos espacios. Pero cuántos de ellos, son, somos ciudadanos y ciudadanas, antes que personas ocupando un espacio.

El concepto de ciudadanía es elusivo en la medida que persiste una percepción jurídica en la cual somos portadores de determinados derechos, incluyendo el voto. Pero una cosa es tener derechos y otra muy diferente es ejercerlos. ¿Cuántos de nosotros denunciamos cuando el vecino tira basura en las calles o el autobús está contaminando el medio ambiente? Ser ciudadano significa poseer un sentimiento de pertenencia a una comunidad política y por otro obtener un reconocimiento de esa comunidad política a la que se pertenece (Elizabeth Jelin). Además de los políticos y personajes televisivos y radiofónicos cuya memoria persiste en nuestras mentes no más de cinco minutos, ¿quién tiene reconocimiento por otros y quién demuestra ese compromiso? La pertenencia y el reconocimiento implican deberes y derechos para con la comunidad, como la denuncia sobre situaciones políticas y sociales desfavorables, exigencia de nuevos derechos-como por ejemplo políticas culturales municipales- y cumplimiento de contratos sociales, aunado a la participación activa en la esfera pública.

Más importante que los derechos en sí, considero la construcción de una ciudadanía como un proceso constante que conlleva la concientización del ciudadano y ciudadana. ¿Por qué? Los cambios estructurales en la esfera pública causados por los avances tecnológicos aunado a la nueva economía y las políticas liberales que reducen el papel de los Estados han creado condiciones para la despolitización de los individuos. El individuo auto-aislado en su mundo privado de la sociedad ha dejado de identificarse con su comunidad, su ciudad. ¿Qué efecto duradero tendrán las políticas y los procesos de desarrollo cuando no existe una apropiación de dichas políticas por los propios beneficiarios? ¿Cuándo el ciudadano no es parte de la ecuación del desarrollo, sino objeto de políticas y procesos ajenos a él o ella? La masa de personas que habitan y transitan las ciudades, antes bien que poderles llamar ciudadanos, son- aplicando el término de Michael Hardt y Antonio Negri- multitudes. Para Hardt y Negri, la multitud a diferencia de pueblo, está constituida por singularidades cuyas diferencias no pueden reducirse a uniformidad. El no poder identificarme con el otro, ni con el lugar que habito, impide que ejerzamos los principios básicos de ciudadanía y democracia participativa. La construcción de una ciudadanía no es un estado de cosas, es un proceso que conduce a ganarse las mentes y conciencias a favor de una participación activa, integral e integradora. Adquirir una conciencia ciudadana, implica una politización del individuo, es decir, un empoderamiento de sentirse con derecho a estar y participar en la esfera pública, formar parte de los procesos y velar por los mismos. En una palabra, apropiación.

Arriba decía que ahí donde la ciudad establece sus límites, comienza la cultura y las artes. En muchos países los gobiernos locales han logrado (madurado) comprender las ventajas que la dimensión cultural ofrece para la construcción de una ciudadanía y la reapropiación de los espacios públicos, entre muchos otros que promueven procesos de democratización social. En el caso de Honduras existen organizaciones y asociaciones de orden cultural cuyas acciones están enfocadas a cultivar esa cohesión, identificación, solidaridad y confianza con el “otro” a manera de construir una ciudadanía ciudadana, una ciudadanía que profundice la democratización social y fortalezca el capital social. La dimensión cultural y artística en estos procesos es especialmente importante en la medida que constituyen procesos identitarios de apropiación. Nótese que aquí no se habla de creación de ciudadanía o de identidades, uno no puede crear unificaciones, pero si podemos generar procesos de reflexión crítica conducentes a una concientización de los ciudadanos a favor de procesos de democratización social. Crear equivaldría a construir cascarones simbólicos de un imaginario únicamente compartido por un reducido número de individuos excluyendo a otros.

En nuestras ciudades de multitudes es preciso entender que el impacto social que pueda crear un ciudadano o grupo esta dado por su habilidad de gestar redes de influencia a través de otras instituciones y con el uso efectivo de las tecnologías de comunicación. Un ejemplo reciente son las redes que está tejiendo la asociación Mujeres en las Artes a través de su programa de Cultura Ciudadana, cuya premisa es: El ciudadano no pide ser objeto, sino sujeto del desarrollo. De ahí se desprenden una serie de acciones destinadas a involucrar a diversos niveles actores sociales (privados y públicos) para incidir en los procesos de concientización ciudadana por un lado, y la revitalización y apropiación de los espacios públicos del Centro Histórico. En ella, la acción pretende ser responsabilidad de todos, de manera integral e integradora.

El poder de influencia ideológica que posee la cultura es indiscutible, los países del viejo bloque comunista lo entendían perfectamente, era a los intelectuales a través de las artes y la cultura a quien se les encargaba la construcción orgánica de la sociedad para una identificación con el Estado-Nación. Europa capitalista la comprendió y aprovecho para construir sociedades más democráticas y competitivas, así como nuestro vecino del norte. La inversión en la cultura y las artes por parte de la sociedad o gobiernos no implican una acción filantrópica, son constitutivas del propio florecimiento de dichas sociedades y gobiernos.

Algo que debemos de tener en cuenta, es que para que la cultura y las artes prosperen no necesitan de una democracia, ni de una ciudadanía “conciente”. Quién si necesitan de la cultura y las artes para su desarrollo son nuestras democracias, nuestras ciudadanías en la medida que instaura imaginarios, plantea temas y revelan condiciones desfavorables para la sociedad; conduce a la discusión, reflexión crítica, crea vínculos sociales desinteresados por un ganancia personal sino por una comunitaria, genera procesos de identidad, reta nuestros prejuicios y rompe barreras comunicativas invitándoos a participar, apropiándonos de nuestro lugar. La cultura y las artes nos invita a soñar el no-lugar, la utopía sensata que queremos todos hacer de nuestra comunidad, ciudad, país. Una ciudadanía alimentada y motivada por la cultura y las artes es un ciudadanía educada y solidaria, capaz de defender y promover la diversidad cultural, reapropiar y revitalizar los espacios públicos, defender la memoria histórica y la dignidad humana. Una ciudad que invierte en la cultura esta invirtiendo en su propio florecimiento, construyendo una ciudadanía capaz de mezclar en una misma fuente las diferencias de género, las étnicas, religiosas, idiomáticas y de clase social. Una con suficiente motivaciones para hacer suya la ciudad habita.

Ahí donde la ciudad y sus ciudadanos trazan sus límites, vienen la cultura y las artes para abrir esos límites y hacer que nuestras imaginaciones exploten con creatividad constructiva hacia un mejor lugar para que todos y todas vivamos. La ciudad imaginada no puede ser más motivadora que la posibilidad de alcanzarla a través del ejercicio cultural y artístico, a través de esa forma “sana” de expresarse, ofreciéndose bajo la forma de identidad (ciudadana) en una lucha por alcanzar los objetivos anhelados de manera integral e integradora.

Gabriel Vallecillo Márquez (Honduras)
Editor invitado

MANIOBRA Volumen 2